Parapente en Santiago




Desde que el hombre observó los pájaros ha querido emular la libertad manifiesta de los seres alados. Mala fortuna para en bípedo terrestre y que, con el paso de las centurias, se transformó en una constante obsesión superada solamente en los inicios del siglo XX gracias a la genialidad de los hermanos Wright.

parapente

La generación de nuevas y tecnológicas formas de volar, curiosamente, también ha llevado a los seres humanos a buscar métodos más puros. A buscar alas.



Así nacen deportes como el ala delta, el paracaidismo o los planeadores. Una mezcla de todo ello dio por consecuencia el parapente que desde sus inicios, a mediados de los años ’80, ha generado seguidores en todo el mundo. Y no es para menos.

Saliendo del Nido
Solamente la experimentación puede dar una real idea respecto del parapente. Afortunadamente para nosotros, los neófitos, esta disciplina tiene formas de llevarnos a las alturas aún sin saber nada de nada. Se trata del vuelo biplaza en dónde un piloto guía eleva al pasajero, mediante un arnés que los une, hacia el cielo. La modalidad es una de las formas más populares de acercarse a volar.

Invitados por la empresa Vuelo Uno nos dirigimos hacia la zona norte de Santiago, hacia las afueras por la carretera 5 norte. El lugar se mantendrá en secreto debido a que a nuestros anfitriones les gusta mantener la incertidumbre del lugar de vuelo.



Llegamos y todo en derredor es de color verde gracias a la última lluvia caída en la Región Metropolitana. Un monte de unos 300 metros será la zona de despegue, mirando hacia arriba a unos alas deltistas aprovechan los vientos.

Ascendemos por un camino sinuoso que lleva directamente a una zona de antenas, uno de los lugares clásicos de lanzamiento de los parapentistas al facilitarse su llegada en automóvil. Junto a Randy Acevedo, el director de Vuelo Uno y al piloto José Gorrini preparamos el equipo: arneses, la vela (el paracaídas clásico con que sobrevolaremos) y el equipo de seguridad.

Vienen las instrucciones y es inevitable el nervio. Desde esta altura se ve un hermoso valle, las montañas en su plenitud y hacia el sur parte de Santiago debido a la poca contaminación atmosférica post precipitación. En buena medida todo el miedo se aplaca al saber que este deporte aéreo es uno de los más seguros del mundo; a que estamos con una escuela que ha dado más de 50 cursos y ha hecho más de 3000 vuelos y que José es un experimentado piloto con tres años de vuelos casi diarios.

Sin embargo lo que se ve abajo, la caída, hace dudar. No hay más tiempo, estamos enganchados y la vela se infla. Solamente escucho: ¡corre!

Felicidad Azul
Como en sueños, mecidos por el viento, mirando desde las alturas y volando con las aves. De un segundo a otro salimos despedidos por arriba de la cima del cerro y nuestra antigua realidad se ve distante, enana… lejana.

Los movimientos se hacen casi circulares aprovechando las térmicas de cada bocanada de aire que circula, eterna, en el azul cielo. Es imposible no ser feliz o acercarse a una sensación demasiado parecida a eso.

Los sentidos se amplían, mientras, gracias a la estupenda visibilidad del atardecer, se vislumbra en los Andes el portentoso cono del Aconcagua. Entre las nubes del oeste cae el sol, desde la altura todo es verde y el único sonido es el del viento.

José anuncia que estamos a una altura que roza los 900 metros. No hace frío, mi estómago continúa firme, mientras un tropel de pensamientos se libera, arrollan y se enfilan hacia las profundidades del cielo.

Todo es paz y observación. Se ven las hileras de los caminos, una laguna cercana y las configuraciones de los montes de la costa y el murallón andino. Nuestro paracaídas funciona a la perfección hinchado por el viento.

Generalmente los vuelos son de 30 minutos o menos, dependiendo de la capacidad del copiloto ante los eventuales mareos. Aunque el tiempo pareciese inmóvil desde la altura, en verdad transcurre rápido. José comienza las maniobras del descenso, la tierra lentamente se acerca recobrando una fisonomía más normal.

Hombres Pájaros
El suelo se acerca vertiginosamente. Las instrucciones indicadas por el piloto son de salirse de la silla y tratar de hacer pie. Sin saber realmente cómo estamos en tierra firme, mientras a nuestras espaldas la vela cae desinflándose.

Se acabo el paseo por el infinito. Todo, hasta las pulsaciones, vuelven a las formas clásicas. Se acerca Randy a preguntar por el resultado de la aventura: la sonrisa en el rostro ahorra las palabras.

Fueron cuarenta y cinco minutos de vuelo. Un tiempo precioso, lleno de un aire potente, purificador y veloz. Los parapentistas se ponen a arreglar el equipo, hablando acerca de las posibilidades que tiene Chile para ser un país lleno de deportistas de este tipo; de los distintos tipos de velas y quién está vendiendo qué; del próximo campeonato de parapente en Iquique. Palabras de hombres que se han transformado silenciosamente en pájaros, en aves que comparten, aprecian y viven en el aire.

Mi sonrisa no decae. Ellos siguen charlando, yo aún sigo en el cielo, suspendido, volando. Como en un magnífico sueño.




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