Travesía por los bosques de Chaitén




En la península de Huequi, al norte de Chaitén, se construyó una estación de monitoreo científico de la Universidad Austral. Oscar Lielmil participó de una expedición que tuvo que caminar ocho horas por territorio virgen para comprobar su estado.

Una de las últimas actividades que debíamos realizar en la península de Huequi, X región, si el clima así lo permitía, era una visita a la Estación Científica que se estaba construyendo cercana a la cumbre del Volcán Huequi. Salimos del campamento alrededor de las 8:00 a.m. con destino al lugar de inicio de la travesía. El grupo de personas estaba conformado por dos mujeres y ocho hombres, muchos de los cuales no contaban con el equipo necesario o con un físico deportivo, pero sí contábamos con el mejor de los ánimos y disposición para llegar a ese tan misterioso lugar del cual habíamos escuchado hablar desde que habíamos llegado a la península.

Chaiten

Nuestro guía, Santiago, un hombre cuya sola imagen revelaba conocimiento del lugar, nos dio las instrucciones correspondientes antes de iniciar nuestra aventura. “No se separen mucho”, “lleven sólo lo más indispensable”, “utilicen ropa lo más cómoda posible”, fueron algunos de sus consejos. Después de esta breve charla dimos “el vamos”. En general, en el grupo nos jactábamos de que lograríamos nuestro objetivo sin mayores inconvenientes, por lo menos eso era lo que creíamos en un comienzo.

La ruta de ascenso, según Santiago, sería la más fácil, ya que tomaríamos inicialmente una senda abandonada por una compañía minera hace bastantes años para luego caminar lo más cerca del río Huequi buscando lo sinuoso del terreno. El fin del camino nos dejó en una laguna en la cual comenzaron a aparecer los primeros problemitas: nuestras botas se hundían en el barro y las caídas ya comenzaban a hacerse parte habitual de esta expedición.

A medida que avanzábamos fueron apareciendo unos paisajes realmente impresionantes. Aún recuerdo el cambio impredecible del entorno, con sus lagunas, valles, ríos y cascadas. Pero lo más impresionante fue el cambio del bosque, el cual en un comienzo era abierto y luminoso y en otro momento era denso y casi impenetrable.

Lo bueno cuesta caro

Esta travesía, dada sus características, nos obligaba a mantenernos unidos tanto física como anímicamente, ya que estábamos advertidos de que si alguno de nosotros desistía de avanzar o ponía en riesgo la llegada a la Estación Científica, el grupo completo se vería obligado a regresar, lo cual también era válido en el caso de que se nos hiciera demasiado tarde.

Llegar a la última etapa de nuestra travesía significaba enfrentarnos al tramo más difícil del ascenso: un farellón de unos 100 metros de altura que de sólo verlo nos agotó en grado sumo. Y pensar que tendríamos que sortear este obstáculo para llegar a nuestro objetivo. Santiago, quien conocía el camino dio las instrucciones de ascenso. El subiría primero para lanzar una cuerda y así subir las mochilas, o mejor dicho lo que quedaba de ellas. Luego, lo haríamos nosotros. El ascenso se realizó sin problemas, pues la estrategia consistía en avanzar unos 5 metros, afirmarse de las raíces de los árboles para no caer y descansar algunos minutos. Uno de los mayores problemas estaba en que las mismas raíces por las cuales trepábamos se enganchaban en todo momento a las mochilas.

Después de una hora en el farellón y ocho horas desde que comenzamos a caminar, llegamos a la Estación Científica, un logro que todos celebramos. Pero aún quedaba el trofeo que recibiríamos por haber cumplido nuestro objetivo. Después de descansar algunos momentos fuimos al borde del acantilado donde se encuentra emplazada la Estación y nos deleitamos con la increíble vista de la Isla de Chiloé. Un disfrute que se intensificó con un atardecer espectacular, uno de lo más bellos que he visto.




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