Rutas turísticas : Por los Canales de la Patagonia




Puerto Edén, la última zona de los sobrevivientes Kawesqar; el Golfo de Penas y la vislumbrante visión de navegar entre Chiloé y los volcanes continentales nos esperan en los dos últimos días a bordo del Navimag hasta llegar a Puerto Montt a bordo de la “Magallanes”.

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Día Sábado: el Edén y las Penas
La inefable voz matinal de los parlantes hace su aparición en medio de los sueños. Son las 6:30 AM.

Tras 30 horas de navegación aparece Puerto Edén en medio de la nada. Literalmente. Hemos transitado más de un día en zonas en que el hombre ha puesto con dificultad su huella y ahora, en medio de parajes bellísimos, una caleta de unas doscientas personas surge en una pequeña y colorida bahía. Pero este emplazamiento tiene características centenarias debido a que una etnia hizo de esta indomable naturaleza su hogar permanente: los Kawesqar.

Conocidos como “alacalufes” en los libros básicos de historia, los Kawesqar, su nombre original, de características nómadas y pescadoras fueron los dueños de los canales patagónicos desde siempre. Con su alta pericia náutica y enorme capacidad física para sobreponerse al crudo clima, fueron diezmados con el contacto con la civilización occidental debido a las enfermedades y al conocimiento y abuso del alcohol. Tanto así que hoy quedan solamente ocho personas de sangre pura.

Su raza tiene los días contados, ya que los estudiosos no les dan más de 50 años más sin que desparezcan totalmente.

Cerca de 200 pasajeros están listos para desembarcar en los botes predispuestos por pescadores locales. El paisaje es asombroso, mientras la lluvia aparece nuevamente en una constante del viaje.

Las miradas amistosas y distantes de los pobladores dan la bienvenida a los invasores que prácticamente superan en número a los habitantes de Edén. Una serie de calles de madera (sí, porque son pasarelas de tablones las veredas) sirven de ruta para acercarse un poco más a las formas de vida de una comunidad de colonos que hacen suyo el aislamiento y el frío de la zona durante todo el año.

Ubicada en la isla Wellington, ya en 1930 Puerto Edén comenzó su formación. En esa época fue construida una base meteorológica y de hidroaviones que volaban de Puerto Montt a Punta Arenas. Su apogeo fue en la década de los ’80 con la fiebre del loco. Ahora cuenta con una escuela y con un moderno sistema de Internet donado por el mismísimo Bill Gates. Más bien por su fundación. La cosa es que aún en el indiscutible aislamiento, tienen una salida al resto del mundo.

Mientras caminamos se encuentran pequeños puestos artesanales que ofrecen barquitos de madera, artesanías en conchas y choros ahumados, la especialidad de la casa. Pero la sorpresa se produce cuando los rasgos de los vendedores se tornan violentamente puros: son los kawesqar. Los últimos.

Da un poco de pudor vernos inmiscuidos en su mundo, en sus tierras. Una especie de culpabilidad. Aún así ellos se muestran afables con los visitantes y se pueden observar ejemplos de sus antiguas chozas con las que acampaban en los canales o visitar un centro cultural que ellos mantienen.

Sus rostros son profundos, morenos y con ojos rasgados. Son la finalización de una raza diezmada por lo extranjero, por lo natural.

Los senderos de madera hacen transitar por la totalidad del pueblo, incluyendo una torre que hace de mirador y en que se presencia la hermosura de esta tierra virgen.

Una hora dura el recorrido. El buque hace sonar su bocina para hacernos entender el fin de la rápida visita a Edén. Mientras navegamos de vuelta un arco iris se forma al costado de la nave, mientras un grupo de toninas salta alrededor de la chalupa. Como para entender definitivamente de que esto “es” el edén.

De vuelta en la Magallanes un vino navegado recibe a los turistas, haciéndonos entrar rápidamente en calor, conversación e intercambio de experiencias.

Durante la tarde los canales se abren y se disgregan. Vamos llegando a mar abierto, hacia el afamadísimo Golfo de Penas. Zona de movimiento, fuertes vientos y mar cambiante. El sol hace su aparición fulgurante y triunfal. Los pasajeros hacen una desaparición forzada y en algunos casos casi dramática. El mareo es una epidemia generalizada.

Quedamos pocos. Salimos a la cubierta los menos.

El espectáculo es magnífico. El azul del pacífico en constante vaivén, fuertes vientos y nubes que luchan por tapar al sol, hacen sentirse partícipes de un banquete apto únicamente para estómagos fuertes, haciéndonos rememorar a los antiguos navegantes que con mucho menos hicieron muchísimo más.

Día Domingo: Cercados por Chiloé
Amanece luego de doce horas de balanceo constante. Todo el mundo durmió demasiado y se saltó una o dos comidas, por lo que en el desayuno aparecen la totalidad de los viajeros. El mar está calmo y nuevamente las corridas de cerros tapados por árboles nunca tocados acompañan la navegación.

Nos encontramos en el canal Pulluche, en el que se ha prometido, vía la inevitable voz de los parlantes, que veremos varias formas de vida silvestre. El día está espléndido, sol por todas partes. En poco rato ya hemos divisado islotes con lobos marinos, cormoranes y pingüinos. Una aglomeración de gente se torna en cubierta.
Unas horas más tarde harán su aparición decenas de toninas que harán correr a los fotógrafos de lado a lado de la terraza.

Otra de las características del paisaje es la aparición de salmoneras y extrañas casonas flotantes, junto a rápidas lanchas que acompañan nuestro navegar. Todo el mundo está afuera gozando del benéfico sol patagónico, mientras por un costado se alcanza a divisar el poblado de Melinka, síntoma absoluto de lo que vendrá: Chiloé.

Con la isla grande a babor y los volcanes continentales a estribor se comienza a recorrer la última noche a bordo de la “Magallanes”. Se huele la nostalgia en el aire. Muchos grupos de amigos se han formado y algunas parejas, cual Crucero del Amor. Pero para todos que da la última noche en que habrá fiesta. Una disparatada, musical y amena en que los que nunca habían bailado cumbia bailan como profesionales (vengan de dónde vengan), mientras el resto intercambia emails, direcciones y abrazos.

Adentro música y fiesta, afuera la noche vive estrellada y profunda en la sureña oscuridad chilena.

Lunes: Angelmó.
La voz clásica. Esa que ya no se sabe si se ama o se odia, o ambas con intensidad, anuncia la llegada madrugadora a Puerto Montt.

Por la banda izquierda se observa el atraque y el poblado de Angelmó y la isla Tenglo. Por la derecha, la ciudad recién despertando.

Es hora del desayuno final, de hacer las mochilas y de las despedidas. Ha sido un fin de semana de los que no se olvidan con facilidad. De descubrimientos de un paisaje natural demasiado potente para caber en una crónica y de personas increíbles que circulan por el mundo con la libertad de las aves.

Está claro. No es un viaje barato, pero comparativamente con los turistas que viajan al Caribe a no hacer nada, a no conocer nada, en la vida lujosa y prefabricada de un cinco estrellas, yo prefiero esto.

Vida, viaje, naturaleza. Un ofrecimiento único que hace Navimag por los canales impolutos del fin del mundo.




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