Rutas turísticas : Hielo, Cordillera Y Mar




A casi 300 kilómetros desde Punta Arenas y cuando pareciera que la estepa patagónica ya no tendría fin, aparece un pequeño cordón montañoso que es la antesala de la magnifica localidad de Puerto Natales, enclavada en la parte más septentrional de la XII región.

Al llegar el epíteto “magnífico” utilizado en la frase anterior queda corto. El canal Señoret, de aguas salobres, se abre como un angosto lago que deja ver a la otra orilla escarpados montes y glaciares. La costanera, con flamencos y otras especies de palmípedos, es la antesala del pequeño pueblo donde miles de mochileros peregrinan cada año a las vecinas Torres del Paine.

Torres del Paine turismo chile



Pequeñas casas, ordenadas en cuadras casi perfectas, sin protecciones, sin alarmas y con letreros bilingües que ofrecen los servicios clásicos al turistas son casi los únicos antecedentes de que hay vida. Es invierno, el frío se hace sentir con vehemencia, las vidrieras de los negocios -cerrados durante el mediodía en largas siestas de 4 horas- anuncian la venta de sal para la escarcha.

Durante la noche la poco agua nieve que cae se congela. La sal es el remedio, pero no hay que confiarse al paso raudo ya que puede significar una caída de las duras. Natales ha aprendido a vivir en un eterno invierno a pesar del cambio climático que ha experimentado Patagonia en la última década debido al debilitamiento de la capa de Ozono y el consecuente calentamiento global.

Pero para quienes venimos del norte (para ellos “norte” es todo lo que queda arriba de Natales) esto no es tan notorio. Todo se siente frío. Lo que si es evidenciable como una mutación veloz es la cantidad de hoteles de lujo que se han instalado en la zona comprendida al camino costero a Puerto Bories, al norte de la ciudad. Es que Natales ha crecido consecuentemente al interés internacional que ha provocado en los viajeros de todo el mundo el poder conocer la Patagonia. Un sitio que comparte laureles con lugares tan alejados como Nueva Zelanda, Mongolia, el Tíbet o Islandia.



Pueblo Chico, Historias Grandes
Las antiguas casonas de los colonos de la zona, avecindados a comienzos del siglo XX, son hermosos hostales o siguen manteniendo a los herederos de los forjadores de la fiebre del oro blanco, como se denominó hace un siglo a quienes trabajaron en la industria ganadera ovina.

Las ovejas fueron uno de los grandes imanes con que emigraron aventureros de todo el mundo a esta región y que provocó la profunda mixtura de su gente. Chilotes, croatas, ingleses, alemanes, chilenos y argentinos: patagónicos todos. Una raza sin distingos de límites en dónde se toma mate, se escuchan rancheras, se construye con tejas de la Isla Grande y se compran los productos en Río Turbio, Argentina, distante a 15 kilómetros. “Me cago che”, es frase típica y lanzar piedras a las aguas, un deporte popular.

Al mirar el mapa es evidente que no fue fácil la colonización. Sin embargo, el conocimiento cartográfico es de larga data debido al marinero Juan Ladrilleros que en el año 1557 navegó estos canales, bautizándolos como “De la Última Esperanza”.

Pasaron más de 300 años para que los navegantes volvieran a pasar por este lugar siendo uno de ellos el almirante Fitz Roy, del cual hoy un promontorio lleva su nombre. Debido al coraje y tesón de aventureros como el Santiago “el Baqueano” Zamora o Hermann Eberhard, se fueron conociendo lugares como el río Serrano, la Cueva del Milodón, los lagos Balmaceda y Pinto, etc.

Lugar de gentes corajudas. No es fácil hoy vivir acá, en un aislamiento constante a pesar de los avances de la tecnología (como se evidenció en el Terremoto Blanco de la década de los ’90), por tanto no es duro pensar en la gran cantidad de peripecias y dificultades que tuvieron que afrontar los primeros natalinos que en 1911 inauguraban el villorrio.

Primero fueron las ovejas la fuente de ingresos, luego la mina de carbón del Turbio y ahora, después de un tiempo de poca plata, el turismo debido a su cercanía con el Parque Nacional Torres del Paine.

Sin embargo, para quienes observan más y se dejan encantar por las historias del lugar, hay una serie de sectores que aún no son de dominio “popular” y en que el frío se pasa con el bondad de su gente y las tremendas panorámicas con que cuenta Puerto Natales.

Pueblo Adentro
El poblado a pesar de tener sólo 15 mil personas es extenso y en subida desde la costanera. Precisamente este es un buen lugar para darse cuenta de la suerte que uno tiene de encontrarse acá: fiordos, el monte Balmaceda, ventisqueros y un centenar de aves se extienden por 5 kilómetros de visual hasta llegar a Puerto Bories, el  mayor matadero de la región a comienzos del 1900, en dónde corrió sangre de animales y también de algunos trabajadores que quisieron mejoras salariales.

Abandonado por décadas es posible visitarlo solicitando permiso al cuidador y ver la arquitectura inglesa con que fue diseñado. Sus amplios galpones son una magnífica oportunidad de recordar la historia de la región pero que ha sido desaprovechada por sus dueños y también por la municipalidad.

Sin embargo, hay como resarcirse visitando el Museo Histórico. Pequeña muestra museográfica que contiene importante información desde que estos territorios pertenecían a los dominios Kaweshkar (Alacalufes) hasta la época de los colonos y sus esfuerzos titánicos.

La plaza con sus edificios antiguos y pinos podados en formas cuadriculadas es otro de los imperdibles. Como también la posibilidad de subir al cerro Dorotea, distante a pocos kilómetros de la salida del pueblo, al cuál se puede hacer cumbre en un par de horas obteniendo una magnífica vista del canal Señoret.

Para comer el dato es claro: Don Chicho. Atendido por su dueño de una personalidad cautivadora, con verdadero calor de hogar y provisto del mejor asado de cordero de Natales a módico precio (Eberhard 261). ¿Más datos? El resto son descubrimientos sencillos pero que dan esa alegría de pueblo: los bingos en los clubes sociales, un pool en el Partido Radical, las pizzas del Masay o los combinados donde Ruperto.

Pero más allá de éstos, o precisamente por ellos, Natales tiene una personalidad propia que la otorga su gente. Son cándidos, bonachones, amigos de la buena mesa y querendones cuando uno se porta como buena gente. La vida es difícil acá sin dudas, pero los natalinos la mejoran.

Cuestión aparte es aún el enorme caudal de atractivos naturales que permanecen en la sombra por la hegemonía del Paine: el camino hacia La Junta, la cordillera de Sarmiento o la otra orilla del fiordo de Última Esperanza.
A pesar de ser visitado por muchos, Puerto Natales es una caja de sorpresas en espera de quienes la sepan apreciar. Para mí, uno de los rincones más profundamente honestos de todo el territorio nacional.




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