¿Qué ve un extranjero en Santiago?




Graciela Carrillo es estadounidense y sus padres son cubanos. Habla perfectamente el español, aunque le incorpora modismos en inglés y se olvida de una que otra palabra. Junto a su esposo Jean Séyles no se cansa de alabar lo bonita que es la ciudad y lo limpia que se encuentra. “He estado sólo un día y no encontré nada malo. Para un país latinoamericano me parece que está muy adelantado, muy americanizado. Yo vengo de Estado Unidos y me parece que se asemeja mucho. Está todo muy moderno, muy bonito. Si quieres comida italiana o japonesa, ahí la tienes. Si quieres ir a tomarte un trago en la noche, hay buenos lugares. Me parece muy bien”.

La pregunta cae de madura por lo obvia. “¿Qué impresión tuviste de los chilenos?”. “Bueno, dice ella, a mí me parecieron muy amables. Claro que en el aeropuerto tomamos un taxi y al chofer parece que no le gustaba hablar. A lo mejor a la gente no le gusta hablar aquí”. Le digo que en realidad el chileno no es muy sociable, a no ser que se establezcan vínculos de confianza. Además, su mente está en los cientos de problemas cotidianos, por lo que no es común verlo con cara sonriente. “Pues eso está muy mal. Ya ves, el taxista no era descortés porque respondía cada una de nuestras preguntas, pero el ya más no hablaba. Por lo general, cuando tú vas a otros países, a la gente le gusta conversar. Son muy sociables. Aquí parece que no son sociables. El cubano es buenísimo para hablar, lo mismo que el español. Y el alemán, que es un tipo frío, sociabiliza bien. Aquí me pareció un poco extraño”.

Santiago - chile

Graciela se pone sus lentes de sol y apura a Jean para que suba pronto al bus de turismo en el que recorremos la ciudad. Ella es parte de un grupo de doce extranjeros que se encuentran visitando Santiago, todos por primera vez. De ellos, unas ocho personas son adultos mayores que gastan su últimos años de vida recorriendo el mundo con el dinero que lograron ahorrar luego de una vida de trabajo. Por supuesto, la mayoría está en Santiago de paso, porque para nadie es un misterio que la ciudad no atrae a visitantes como otras ciudades latinoamericanas. Sólo sirve de punto de partida hacia otros destinos dentro del país como los lagos del sur, Torres del Paine, San Pedro de Atacama o Isla de Pascua.

El city tour comienza en la Iglesia de San Francisco, luego de tomar el último pasajero en el hotel San Francisco Park Plaza. Ya con todos reunidos y cómodamente sentados, el bus de la empresa Turis Tour comienza su travesía por las calles de Santiago que, para fortuna nuestra, no están congestionadas debido a que es día sábado por la tarde.

El dentro de la ciudad

“Mi nombre es Aníbal y soy su guía para el city tour de la ciudad de Santiago. Patricio nuestro conductor. Patricio is our driver. Our tour will take around three and a half hour. We will show you everything. Downtown and then the new part of the city. Nuestro tour tomará alrededor de una hora y media y les mostraremos los principales atractivos. El centro de la ciudad y la parte nueva”. Así comienza Aníbal su introducción ante el grupo de turistas extranjeros. Luego señala hacia la derecha y hace notar que la Iglesia de San Francisco es la más antigua de Santiago y que fue construida en 1684. Los pasajeros miran por la ventana desde sus asientos sin mostrar mayor interés. A modo de ejemplo, los que van en el lado contrario, esto es, en el lado izquierdo del bus, ni siquiera hicieron el intento de pararse para observar mejor. Luego el bus enfila en dirección a calle Santa Rosa para tomar la Alameda en sentido inverso, hacia el poniente. Aquí la atracción es la Biblioteca Nacional, que Aníbal identifica escuetamente como de estilo neoclásico y diseñada por el arquitecto chileno Fermín Vivaceta.

El paso del vehículo es lento, a fin de que los turistas puedan apreciar mejor y le da tiempo al guía para dirigirse a los presentes en inglés y español. Me pregunto, eso sí, si durante días de semana será la misma marcha considerando que las calles se atiborran de automóviles y micros en fiero plan de batalla contra el reloj. Aníbal le hace una indicación a Patricio y retoma la conversación: “Somos un país dividido administrativamente en 12 regiones más la Región Metropolitana. Pero nunca decimos 13 regiones, somos supersticiosos, por eso decimos 12 regiones más la Región Metropolitana”. Luego apunta al edificio de la casa Central de la Universidad de Chile, con su fachada neoclásica, señalando que es la primera de Santiago y la más importante del país.

Al pasar por el Palacio de la Moneda, advierte a los presentes que más tarde harán una detención para recorrerlo. Por ahora seguimos rumbo a calle Ejército, donde hay una serie de edificios y casonas que fueron ocupadas por familias adineradas durante el siglo XIX y principios del XX. La mayoría de ellas se trasladó hacia el sector oriente de la capital y estos edificios ahora son ocupados en gran parte por institutos y universidades privadas. Nuestros turistas, mientras tanto, siguen impávidos en sus asientos escuchando los comentarios de Aníbal y mirando lánguidamente hacia el exterior. Me sonrío por la diferencia mental que hago con respecto a un grupo de niños que va por primera vez a la playa. Estos irían sonrientes y pegados a la ventana la hora y media que puede durar el viaje. Ellos no.

Al pasar por la antigua Escuela Militar y el edificio de los Arsenales de Guerra, el guía hace un comentario respecto a la situación política de Chile. Dice que tras 17 años de dictadura militar, las Fuerzas Armadas siguen ejerciendo una gran influencia en la política nacional. Para los extranjeros presentes este es un hecho conocido, así que tampoco le dan mayor importancia. Hay que recordar que nuestro país es conocido en el exterior por dos personajes principalmente: Augusto Pinochet e Iván Zamorano.

Enfilamos hacia el Parque O’Higgins, donde “se celebra la Parada Militar el 19 de septiembre y nuestro día nacional el 18” y doblamos por Baucheuff teniendo a nuestra diestra el bello edificio de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile, en funciones desde 1890. De ahí seguimos por Avenida República, donde se encuentran bellas mansiones de principios del siglo XX y que fuera la primera en toda la ciudad en ser iluminada eléctricamente, para volver hacia el centro de la ciudad. Al parecer, el barrio de Estación Central y el Barrio Brasil no son de interés para los guías turísticos nacionales. Camino hacia el Palacio de la Moneda, Aníbal hace una breve reseña de Bernardo O’Higgins, explicando que fue en Europa que conoció a otros próceres sudamericanos con quienes fraguaría el proceso de independencia del continente.

Pase usted, después de usted

Al llegar al Palacio de la Moneda tenemos la primera oportunidad de bajarnos. Algunos de los presentes ven la conveniencia de no dejar sus bolsos o mochilas en el bus, pero Aníbal los tranquiliza diciendo que no hay problema, que están seguros. Supongo que un extranjero no puede hacer mucho en ese caso porque desconfiar así sería como mucho. Ya todos abajo, nuestra vista se dirige al edificio del Ministerio de Economía, que en su fachada aún presenta marcas de impactos de proyectiles tras el ataque a La Moneda en 1973. Eso sí que parece interesarle a los presentes porque se quedan largo rato mirando hacia arriba casi sin escuchar el resto del relato. Después de esto, somos invitados a atravesar La Moneda gracias a “que por disposición del Presidente Lagos, en señal de apertura, abrió las puertas, transformando el edificio en la casa de todos los chilenos”. Entonces todos los turistas celebran esta idea con un tibio aplauso. Ya en el interior, cruzamos el Patio de los Cañones y el Patio de los Naranjos, que se ve bellamente ornamentado con algunas esculturas de destacados artistas nacionales. Al salir, rodeamos el edificio y nos subimos nuevamente al bus para hace nuestra próxima parada en la Plaza de Armas.

Allí, ni bien hemos llegado a las puertas de la Catedral y Aníbal le dice a los visitantes que esta zona ha sido ocupada últimamente por cientos de inmigrantes peruanos, hecho que ha causado el disgusto de algunos nacionales porque piensan que les vienen a robar el trabajo. “Yo creo que más bien vienen a tomar el trabajo que muchos de nosotros no quiere hacer”. Punto a favor de Aníbal que me da la impresión de que quiso pasar un gol a alguna mente estrecha entre los presentes. Para nuestro pesar, la Catedral está cerrada, así que no nos queda más que admirarla desde fuera. Le echamos un vistazo al edificio de Correos, al del Museo Histórico, antigua Real Audiencia, y al de la Municipalidad de Santiago, que albergó al Cabildo de la ciudad. De inmediato, Aníbal se gana otro punto al decir que, en su opinión, la Plaza de Armas es un buen reflejo de nuestra gente. Como si le oyeran, aparece un grupo de huasos y chinas que hacen su show por unas cuantas monedas. Otros turistas presentes se muestran entusiasmados con las mujeres del grupo y les piden tomarse una foto con ellos. “Claro”, responden las jóvenes, al tiempo que extienden la mano por un dólar.

La otra cara de Santiago

Luego el bus haría un rápido recorrido por el Mercado Central, el Parque Forestal, el Museo de Bellas Artes, la Plaza Italia y se internaría por la “parte nueva de la ciudad”. Sin parar, cruzamos por Avenida Andrés Bello, donde se encuentran “muchas residencias bonitas, como las de las embajada de Perú, España y Francia”. Continuamos por Avenida Vitacura y luego por Nueva Costanera. Para Aníbal, esta zona ha sido remodelada y convertida en centro de lujosas boutiques y galerías de arte. Le pregunto en un momento de silencio cuál será la próxima parada y me responde casi susurrando que “donde ganamos algo de dinero”. Me quedo intrigado con ese lugar y espero pacientemente a llegar. Pero no han transcurrido ni un par de minutos cuando el bus se detiene en una elegante tienda de artesanías hechas de lapizlázuli ubicada en calle Alonso de Córdoba.

Obviamente, todos somos invitados a descender para vitrinear y comprar algo si lo deseamos. Los objetos que hay ahí dentro son realmente preciosos y de fino acabado, razón por la cual los precios son bastante elevados para el bolsillo de un nacional, mas no para el de un extranjero cargado con dólares. Me acerco a Cristina Fagúndez, una brasileña muy buenamoza que hace el tour sola en espera de unos amigos que debieran llegar a Santiago el día siguiente. Le pregunto cuál es la imagen que tiene de lo que ha visto y me dice que está “impresionada de verdad. Sinceramente la ciudad es muy bonita, con edificios muy bien conservados. En todo caso, esperaba que fuera así, ya que algunos amigos me habían hecho comentarios al respecto. Estoy fascinada”. “Encontraste algo que te disgustara”, inquiero tratando de conseguir una respuesta menos producida, pero ella me contesta que no, “que la ciudad es muy limpia. Allá en Brasil se ve mucha pobreza, mucho desorden. Aquí todo es moderno, muy lindo”.

Después de que algunos turistas terminan de pagar por sus recuerdos, nos volvemos a subir para continuar viaje por el último tramo de Santiago. Esta vez seguimos por avenida Luis Pasteur, donde el guía va nombrando a los principales colegios privados de la ciudad y vuelve a repetir eso de que hay muy bonitas residencias, donde vive la gente adinerada de Santiago. Mis compañeros de viaje vuelven a mirar por la ventana con cierta desidia, después de un momento de alegría producto de sus compras. Cruzamos el río Mapocho y seguimos por Luis Pasteur hacia lo alto de Lo Curro. Aquí hay una serie de lujosas residencias vigiladas por guardias particulares que le dan un aspecto de fría naturalidad al sector. Al llegar a lo alto del barrio, la vista que se tiene de Santiago es espectacular y por primera vez veo a todos los turistas levantarse de sus asientos a fin de abarcar con su mirada el atardecer que se aproxima. Algo curioso. Será tal vez porque la ciudad luce mejor desde la distancia.

El tour ha finalizado y el bus toma rumbo a los hoteles de los visitantes. En ellos se advierte cierta satisfacción, no sé si por el término del recorrido o porque quedaron conformes con lo que vieron. Decido hacer la última pregunta sobre Santiago a una pareja de austriacos esperando escuchar algo distinto, pero ellos me reiteran que su impresión es muy buena “very clean, very beautiful. No homeless. That’s good. ¡Ah! I liked the people. Very friendly”. Me doy cuenta, entonces, que no conseguiré ahondar más allá de un breve comentario hecho a un desconocido, pero también pienso que realmente Santiago debe ser una bonita ciudad para los extranjeros. Claro que no despierta ninguna pasión. Y eso no sé si sea bueno.




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